• Zelda Zonk

Crónicas del mal cliente. El Puticloset (parte IV)

El puticloset es aquel solitario, oscuro, húmedo, lleno de telarañas y sin salida a Narnia lugar en el que nos refugiamos todas las putis. Nos refugiamos de nuestra familia, amigos, pareja, y sobre todo de nosotras mismas.

Es un estado mental, ese lapso en el que nos miramos al espejo y no podemos creer como llegamos acá, ¿qué pasó con nosotras?. Nuestra abuela, nuestra madre y padre, nuestros maestros, el cura de la iglesia. ¡Nunca se hubieran imaginado!


La niñita de coletas descuadradas que siempre se regaba el yogurt en la falda, era descuidada pero nunca dio una pista de que también puta. Aquel noviecito del colegio que nos regalaba cromos y donas nunca nos hubiera tratado con tanta dulzura si hubiera tan siquiera imaginado el monstruo en el que nos íbamos a convertir.





El puticloset está lleno de añoranzas de las vidas que no vivimos.

Tal vez ahí también se guarden los viajes inviajados, los estudios truncos. En una esquinita encontramos sin lugar a dudas el hilo interminable del momento en que se jodió todo. Aquel instante maldito en que se nos dio vuelta el mundo, cuando de repente despertamos del lado B del acetato, donde la virgen nos dio la espalda.


Siempre le vivimos huyendo a las consecuencias. Le huimos al llanto de nuestra madre, a la mirada de asco de nuestro padre. Le huimos al desprecio de los hombres a los que no les queremos cobrar. Salimos en carrera acelerada para no romperle el corazón a nadie más.





El mundo no se explica, no entiende como puede una mujer cobrar por lo que todas dan por amor, es sin lugar a dudas una mujer sin corazón, sin alma, que no puede amar, que no puede sacrificarse o comprometerse. Una mujer maldita. Fatal. Una mujer con muchos hombres pero ninguno la ama DE VERDAD, solo la buscan por el placer efímero que encuentran en su cuerpo, esa mujer que vive de la belleza y que tan pronto se marchite terminará arruinada.


Vendedora de sueños, de fantasías. Es un simulacro, siempre fingiendo, mintiendo, llena de máscaras, de trajes, peleando con el reloj. Mala madre por excelencia. Huyéndole a las piedras, a las deudas a los dedos/martillo que ya la han juzgado pero no se cansan, no se aburren.


Ser mítico. Al que solo entienden los poetas bohemios que la ven como apariciones cuando van dando tumbos recorriendo las calles alcoholizados. ¿Ella siente placer? Mientras las vergas chorreantes entran y salen de su boca, ante el chasquido de monedas acumulándose ¿Ella es feliz?.


Pixelada, difuminada, inventada, re inventada... siempre voy a estar acá. Y no hagas el esfuerzo, no te rompas la cabeza, déjate en paz el sueño, no intentes corear con el cura el nombre que me dio mi madre. Quiéreme cuerpo, incognita. No me exijas que abandone el puticloset.
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