• Zelda Zonk

Culpa IV

Updated: Mar 21

Han pasado meses desde mi última entrada y mis siempre fans nunca infans me rogaban que continúe. Escribir esta historia, mi historia, me resultó más complejo de lo que pensaba, desempolvar tantos recuerdos y revivir sentimientos. Necesitaba la soledad y reconciliarme con cosas de mi pasado... creo que en parte lo he logrado, pido disculpas por la periodicidad errática pero las historias trascienden la lógica de la prensa.


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La Male se quedó atónita. Con el puño cerrado sujetaba la cobija ocultándose, -la culpa es contagiosa- pensaba.


Giró la cabeza para reconciliarse con la almohada pero un olor amaderado le invadió la mente, hundió la cara y aspiró con fuerza, era lo que necesitaba para darse cuenta que no había sido un sueño, que si la poseyó, casi justo en la frontera de lo irreal... tampoco él se lo creía seguramente, pero ahora ella tenía pruebas, bajó su mano despacio y se mojó las yemas con el jugo de su vagina, olió su semen y luego se chupó los dedos. Cerró los ojos y empezó a recorrer mentalmente de nuevo los lugares por donde el tacto del Dr. Ponce había hurgado.


***


El último recuerdo que tenía la Male de su madre es su rostro deformado por la ira al descubrir que había leído un diario que ocultaba en su cajón de ropa interior, en las últimas páginas planeaba su escape, terminaba sus líneas con "...y nunca mirar atrás"; "atrás" eran ella, su hermano y su nefasto padre, los iba a abandonar de la mano de un amante, un hombre del que se había enamorado o al que había enamorado. Ella nunca pensó en quitarle esa oportunidad, en negarle la felicidad a la mujer que ya había aguantado demasiado, y en ese momento se descubrió andando el mismo camino iba a seguir adelante, estaba a puertas de cumplir su mayoría de edad y quería irse lo más lejos posible, donde no le alcancen los recuerdos, donde ya no sienta el olor nauseabundo de una vida que ella no había elegido vivir.


Sus visitas se hacían cada vez más regulares, a Marquito nunca le pareció sospechoso llegar y encontrar a la Male con las mejillas encendidas de ese rojo que no era el mismo que el de las clases de educación física; ese rojo que él nunca había podido provocarle. Ella nunca le descuidó, seguía jugando a la noviecita candorosa y risueña. Pero cada vez se volvía más difícil no extrañar en las caricias suaves y tímidas ese apretón lujurioso que solo el Dr. Ponce sabía darle, algunas veces había tratado de instruirle para que le lama la vulva con destreza, y que su clítoris se hinchara de placer, venirse a chorros en su boca, pero sus movimientos eran frágiles, como un perrito tomando agua, siempre la trataba como si fuera de cristal. A pesar de todo no podía negar que disfrutaba del Marquito, disfrutaba su ternura, el calor y la seguridad emocional que le daba cada vez que la llamaba su novia, la necesidad y dependencia que él sentía por ella, amaba sujetar su mano en el recreo y que le manchara la nariz con helado o crema del ponkey, el olor a hierva y juventud, la nubes paseando, sentía que vivía en un mundo que no le pertenecía, una realidad alterna donde se le había dado la oportunidad de ser feliz y nada más.


El Marquito tardaba en llegar a casa por los entrenamientos de fútbol, ese era el tiempo para el Dr. y la escapista, esa otra parte de ella que necesitaba sobrevivir, a esa a la que le faltaba el aire, la ansiosa, la despiadada, la que tenía el pasado entre ceja y ceja, a la que le daba hambre, la vengativa. Aquella llena de cicatrices, a la que nunca le habían dado nada sino que había tenido que arrancárselo a la vida. Esa mujer que habitaba la niña sabía usar sus armas.


Dos días más estuvo recuperándose de la gripe al cuidado de una tía materna, al tercer día salió directo de la escuela para la casa de los Ponce, esperó en las gradas ansiosa por toparse en la realidad con sus delirios febriles, escuchó los pasos pesados y la excitación se adueñó de ella, se levantó tímida y sin alzar los ojos atinó a decir buenas tardes a los zapatos del Dr. Él abrió la puerta sumido en la inexpresividad y le dijo con tono de orden -puedes esperarle al Marquito en el sillón-. Se sentó tímida y empezó a morderse las uñas. Más tarde regresó a la sala con un vaso de agua sobre un plato y una servilleta, el ambiente estaba en extremo cargado, los cuerpos empezaron a sudar y los nervios se apoderaban cada vez más de ambos, agudizaron sus sentidos, cada sonido que se le escapaba a la Male le debilitaba las piernas al Dr.,su olor, la transparencia de la blusa, el filo de la falda. Ella respiraba más profundo el aroma que le había dejado en la almohada esa madrugaba, se colgaba en esos ojos verdes y en su barba, como imanes sus cuerpos experimentaban una fuerza poderosa que los llamaba a fundirse, ella alargó su mano para tomar el vaso y un leve roce eléctrico desembocó una explosión de dimensiones épicas, el agua se derramó sobre su blusa y él puso las manos casi instintivamente sobre sus pechos, luego la cubrió con su cuerpo y empezó a devorarla palmo a palmo, hundió la nariz en su cabello, luego la besó con desesperación, quería llenarse de ella, poseerla, le hundió los dedos en la cintura y le pegó el miembro erguido, ella se dejó hacer, era presa, maleable a los deseos. Le entregó los pechos, la humedad, como si él fuera un destino inevitable.


***

La Male le acariciaba el cabello al profesor, recorría cada riso con devoción..

La ira siempre está muy junta al dolor, le sigue como sombra, es la sangre que brota de la herida, tratando de darle un sentido, de hacerla real.



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