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Quito - Ecuador 

  • Zelda Zonk

Oh mierda! El ciego me ha cagado!

Finalizo esta entrega de tres relatos sobre buscar el camino en la sexualidad con personas en situaciones vitales poco usuales, y cómo me han enseñado que el sexo siempre se desborda.


Toda mi carrera he preferido el texto para contestar a mis clientes, ese día, me llegó un mensaje casi suplicante de interacción oral, a mi pregunta por la insistencia me contestó.


-Es incómodo el texto para mí, porque tengo una discapacidad visual, me resulta más fluido llamarte.


Accedí, me explicó que mis anuncios le habían encantado por su contenido, que los escuchaba a través de una aplicación, un convertidor de texto a voz. Durante muchas noches había fantaseado con el timbre de mi voz, había estado cambiando la lectura a diferentes tonos mientras se decidía a contratar mis servicios. También recreó en su mente mi aspecto físico, incluso había estado tentado varias veces a pedirle a un amigo que le describiera a la chica que aparecía en la foto del anuncio, fue muy difícil me contó:

-Todos los anuncios te dan pistas del aspecto de quien está detrás, alta, delgada, culona, jovencita, madura, grandes tetas, cintura delgada. Tú no describes aspectos visuales, aunque igual puedo decir con total certeza que has de poseer el alma más linda de todas.


Imaginé que era sencillo para una persona con experiencia armar el rompecabezas mental con las piezas que le faltaban a “juventud y cintura estrecha” o "apretadita de vulva rosada"y cuán difícil será imaginarse quién está detrás de “entre el cielo y el infierno, entre el pecado y la carne un camino te conduce a mi lecho”.


Era un joven universitario de provincia, arrendaba un cuarto estrecho en un sector residencial, una parte del techo tenía un tragaluz que en días de sol y presiento que también en días nublados hacía que la temperatura de ese espacio se equiparara con la del Sahara. Tuve que pasar dos patios de sábanas al sol para llegar hasta esa diminuta puerta de madera con un verde derruido.


Vivía en lo que se conoce como “una casa de familia” con el perrito pequeño pero valiente que te ladraba, la pintoresca vecina que saca a sus hijos a la escuela en un look muy ama de casa, piedra de lavar a la izquierda y una ventana indiscreta que dejaba ver el cuarto de peluches y posters en la pared de alguna adolescente descuidada. ¿O no? Tal vez podría ser una coqueta adolescente que dejaba salir de fiesta sus hormonas y se mostraba desnuda ante aquellos ojos que miraban tras los barrotes de la ventana y del matrimonio.


Al entrar, un cuarto muy funcional con una cama de una plaza, un escritorio con un computador, un radio y un baño, se robaban un poco de espacio la mini nevera y la cocineta.

Me senté curiosa en la cama, estaba nerviosa así que empecé a desvestirme.

-¿Tenemos una hora verdad?

-Claro

-Puedo hacerlo yo

-¿Qué?

-Quitarte la ropa

No sabía que un botón saliendo del ojal hiciera tanto ruido.


Empezó por tocar mi cabello, comprobó cuan largo lo tenía, tocó mi rostro y preguntó si estaba maquillada, pasó sus dedos por mis labios primero dando pequeños apretones con las yemas y luego recorriéndolos de extremo a extremo, acercó sus labios a los míos despacio, en ese momento ya tenía una erección magnífica pero no me dejaba tocarlo.


Pasó el dorso de sus dedos por mi cuello de forma suave, tocó los huesos antesala del pecho, se entretuvo un rato en las hendiduras que producían, me desabotonó la camisa y el brasier, tocó mis pechos con ambas manos como si los estuviera pesando, acercó su cara y rozó su mejilla con el pezón, terminó metiéndoselo a la boca y succionando como un infante, luego siguió con el otro.


Yo no quería interrumpir tal ritual, e hice lo que nunca en ninguna cita, me deleité mirando, siempre cierro mis ojos ante la mirada inquieta, o curiosa, o ante los juicios de valor sobre mi cuerpo. Hoy no, no me sentía presionada, no estaba siendo observada, George Orwell no estaba feliz.


Me recosté en la cama y él suavemente recorrió mi abdomen con sus yemas, se detuvo en mi ombligo y empezó a meter su lengua, bajó a mi vulva y con mucha suavidad la abrió, hundió sus dedos en mi vagina y empezó a recorrer los pliegues con destreza, escuchaba mis gemidos como sabias directrices, luego acercó su boca y con su lengua empezó a lamer mi clítoris, mientras seguía penetrando mi vagina con sus dedos, la sensación era deliciosa y yo, ahora con los ojos cerrados transportada por el placer a otra dimensión sensorial dejaba a mi cadera ondulante fluir, a mis muslos aprelar su cabeza, jamás dije una palabra, él siempre acertada porque ponía atención a mi cuerpo, a mis gemidos. Era como aquel marinero que siente en su rostro la dirección del viento o el fotógrafo que entiende a la luz y produce las imágenes más bellezas a punta de sensibilidad.


Cuando se recostó sobre mi cuerpo pude sentir su piel joven, sus caderas afiladas, era un niño, un veinteañero inexperto me volví a decir, el coito no duró demasiado, lo suficiente para que con ese calentamiento yo llegara al orgasmo en segundos, le bañé el miembro completo, las sábanas también quedaron testigos de la lluvia de placer. Él recostaba su cabeza entre mis pechos, los tocaba de nuevo con ambas manos como si de eso dependiera que no cayera a un precipicio, ¿un ciego con vértigo podrá ser? yo me movía con destreza sobre su miembro, había llegado la hora de ser recíproca, apretaba cuanto podía los músculos de mi vagina y la cadencia de mis caderas que dejaban su miembro casi por fuera y luego le permitían entrar entero lo enloqueció!!


Acostados y sudando sobre las modestas sábanas me confesó que su ceguera había sido progresiva. En su adolescencia había perdido la visión por completo, recordaba cosas y trataba de evocar aquellos recuerdos para adaptarlos a sus nuevas realidades. Se había dedicado a los estudios más que a las mujeres. Afirmaba que no tenía problema para conseguir acostarse con alguien, yo recordaba aquella pericia entre mis piernas y le creí.


Empezó a describir verbalmente como me había imaginado, y acertó casi en todo. Incluso en el color de mi vulva!!


Ya vestida recordé que tenía que cobrar, era una de mis primeras citas. Él me dijo que tenía 40 dólares en efectivo en ese momento y que teníamos que ir por lo demás al cajero. Caminamos hasta el más cercano, parecía conocer cada bache y poste de memoria. Al llegar “la tarjeta no valía”


Oh mierda me dije!! El ciego me ha cagado!!


Dijo que vuelva por el resto de mi dinero otro día, decidí nunca más regresar.


Luego de un año él consiguió de nuevo mi número, dijo que mis textos eran inconfundibles y que a pesar de que había cambiado mi móvil él sabía que era yo y que quería entregarme el resto de mi paga, nos encontramos en un café y bueno. El Karma supongo!!