• Zelda Zonk

Safismo

Updated: Mar 21

El mío era un colegio femenino y de monjas!! La maravilla perversa para las mentes profanas. Estábamos a puertas de navidad y cada curso tenía que presentar un baile. Tardes de falditas plisadas, de sacos a la cintura, de agilidad y coquetería. Las canciones de moda estaban a la orden del día y los movimientos sensuales acompañados de risas llenaban nuestras tardes, éramos un grupo ameno, habíamos forjado una amistad desde los primeros años del colegio, ahora estábamos a puertas del bachillerato y más unidas que nunca.


Kerly repitió el primer curso con nosotras, la típica “chica problema” con actitud desafiante, siempre provocadora se enfrentaba a cuanta autoridad tenía por delante, yo la veía con miedo e inquietud, con la cara siempre oculta en el cuaderno celebraba su osadía sin que se me notara demasiado.


Todos los días llevaba mi radio para los ensayos, Kerly no estaba en el grupo del baile, pero se quedaba para ayudarnos con la música, siempre me gustó su presencia, su pose sin pose, mirarla sentada en el suelo con la espalda pegada a la pared, las piernas abiertas y todos sus ademanes de rebeldía, la risa estruendosa que le ganaba a la música, los golpes contra la pared y el suelo para manifestar su alegría.


Estábamos casi terminando el ensayo y antes de que se vistieran salí corriendo con el pantalón de una compañera, Kerly como un toro me embistió por la espalda mientras yo me encorvaba para evitar que me quitaran la prenda, con ágilidad se la pasé a otra amiga antes de caer al suelo con ella sobre mí. Se levantó en seguida y siguió jugando, yo me había quedado tumbada, era la primera vez que la sentía tan íntimamente cerca.


En medio del desorden una compañera le dio un empujón a mi radio que rodó gradas abajo para terminar roto en la pista de tierra. -Mis papás me van a matar. Un par de atrasos, y un pantalón entubado habían sido los únicos dolores de cabeza para mis padres en esos años. Llena de preocupación y lágrimas me quedé apoyada en el balcón del corredor. Ella se acercó, me abrazó por la espalda y me susurró –no estés triste presi, pegó su cabeza a mi cuello y yo me dejé consolar, nos quedamos así un rato, se iban acallando mis sollozos y ella se puso frente a mí, pasó su yema por mi mejilla para terminar en mi mentón, se acercó rápido a mis labios y su boca inmóvil se posó sobre la mía. Aún recuerdo su calor y humedad, era un acto de inocencia. Solo pude cerrar los ojos, el tiempo se detuvo en ese instante, la mente en blanco, las manos colgando a los costados de mi cuerpo sin ninguna intensión. Luego de unos segundo me dio un abrazo, puso su mano en mi cintura yo la mía sobre su hombro y fuimos juntas al curso.


Habíamos cerrado un pacto de compañerismo, de vez en cuando ella me saludaba con un pico o me tocaba sin malicia, jugando, yo nunca dejé de emocionarme por su presencia, buscaba coincidir en todas las actividades, lo mío era distinto, yo sentía cariño especial por ella, y la pensaba cantando vallenatos y me la imaginaba más allá de la inocencia.


Iba a la cama y añoraba su presencia, deseaba que con su actitud agresiva me arrinconara contra una de las paredes de mi habitación y empezara a besarme, yo había ensayado una frase acuñada ante los astros fosforescentes pegados en el techo de mi habitación, le iba a decir – ¿me dejas llevarte a las estrellas? Deseaba que ella cayera derretida ante tanta destreza poética y empezáramos a besarnos apasionadamente, quería que ella tocara mi vagina como lo iba a hacer yo en ese momento, deseaba que su mano levantara mi falda, que su cuerpo me empujara con fuerza contra la cama, que, sin quitarme las bragas palpara mi humedad y empezara con sus dedos a recorrer mi vulva primero por afuera, luego metiera su dedo y acariciara mi clítoris. La imaginaba revelándome su anatomía, hubiera querido sentir sus pechos sobre los míos y acariciar sus pezones, quería que mi mano fuera la suya y pudiera sentir mi deseo saliendo de mi vagina, deseaba sus muslos entre los míos entrelazados en un abrazo íntimo.


El éxtasis había invadido mi cuerpo, mis pezones no podían estar más duros y disfrutaba que se tocaran levemente en la sábana, yo me estaba moviendo sobre mi mano que se apretaba contra el colchón, la sensación era deliciosa, imaginaba que era su muslo, deseaba que con fuerza me volteara y hundiera su cara entre mis nalgas para alcanzar con su mano mi clítoris mientras estimulaba mi vagina con su lengua esa imagen me llevó al orgasmo, lo grité con la cara hundida en la almohada con miedo de lo que puedan escuchar mis padres.


Nunca me etiqueté como lesbiana, hétero o bisexual, luego tuve muchas experiencias con hombres sin dejar mi fascinación por el cuerpo femenino, de vez en vez se me ocurría proponer una experiencia con otra mujer en la cama pero jamás se dio la oportunidad hasta que mi trabajo me permitió hacer realidad la que fue mi fantasía de colegio.


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